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2004-2014 / Blog / Uncategorized

Silja, un sitio pequeño, vestidito de azul, lleno de fotos y recortes de periódico, con peces de cartulina colgando del techo. Lo descubrimos una noche al salir de la filmoteca, nos dieron un flyer casero con un rayo verde (no, aún no te he hecho caso y no visto a Rohmer) enganchado con un imperdible a la cartulina. Acostumbradas a las hordas de PR que te prometen copas y copas y copas gratis con una sonrisa pícara y un piropo-desodorante de los que nunca te fallan (“no, no nos interesa tu bar, pero, gracias” propuso ayer mj que fuéramos recitando con entonación de atención al cliente para declinar invitaciones), encontrarnos con un chico desgarbado y con gafas de pasta más negra que su estado de ánimo, con sus flyers caseros, confeccionados seguramente robando horas al sueño y al cine, repartidos sin mirarte a los ojos, con cautela, y casi pidiendo por favor que os acercaráis, si queréis, claro, a su bar, pues nos tuvo que llegar a los más hondo de nuestro corazoncito de quinceañeras inadaptadas que aún conservamos intacto.
Siempre llegamos cuando abren, escogemos sitio en los tres metros escasos de barra y empezamos a hablar y hablar durante dos y hasta tres horas seguidas. Hay muy poca gente, seis, siete personas, que normalmente entran a saludar a los dueños. A veces da la sensación de estar en una fiesta de un amigo de un amigo en la que te quedas en un rincón y nadie hace por conocerte ni molestarte. Es una intimidad social bastante agradable.
No sé cuánto aguantarán con su fiesta de piso indie. Tienen tendencia al desastre. Al menos, siempre que vamos se cae una jarra, o se estropea el aire acondicionado o, como ayer, se viene abajo una balda llena de vasos.

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