Otra vez las ratas

abandonan el barco y nos dejan con los cierres metálicos echados y los carteles repasados con bolibic, “cerrado por vacaciones”, compartiendo los bares con ingleses, las piscinas con polacos y las bibliotecas con opositores al Misterio de Justicia.

 

Alguien me ha dicho que ahora lo  hyperchic es que ellos lleven rosario y ellas escapulario con cristos y corazones sangrantes. (Es una buena fuente, pues lo sabe a través de otro alguien que alquila un yate con cinco personas de tripulación para pasar dos semanas en Turquía).

Una entrevista con Petros Márkaris

en La Vanguardia, novelista negro a quién no he tenido la ocasión de leer, dice lo siguiente

-Y se refugiaba en la lectura.

– Así es. Estoy seguro de que sólo puede ser escritor quien aprende a estar solo.

– Interesante.

– Bueno, la verdad es que yo hubiese preferido tener muchos amigos, conocer a muchas chicas, estar de fiesta, pasarlo bien…, pero las cosas fueron como fueron.

Acertado.
Y añadiría, también, quien enseña a los demás a que le dejen solo.

Dame lumbre, prenda

Los libros ocupan metros y muebles, los cortes se llenan de un polvo microscópico especialmente difícil de eliminar, pesan más de lo conveniente cuando se agrupan en cajas para mudarse y, por lo general, nos mueven a la estupidez y al delito cuando intentamos relacionarnos con ellos: acumulación masiva, especulación cultural, tráfico de citas, angustia de usurero y desórdenes afectivos.

Con todo el tiempo del mundo

y prácticamente nada de dinero, ¿qué puede significar la palabra vacaciones?

Muy poco. Quizás lujo.

El lujo de no tener que afanarse en aprovechar los preciosos minutos de tiempo libre concedido por mano ajena en colas de aeropuertos, restaurantes autoservicio playeros y macrodiscotecas. Prescindir de las viseras y los blusones floreados para entrar en ambiente mientras se espera el tren. Inmunizarse frente al entorno físico (¿qué hay más irrelevante si no se puede comparar?). El lujo de no tener que hacer más planes que los de supervivencia inmediata: una piscina en las afueras o una caña por la noche. O de mezclarse con los auténticos visitantes y mirarles con superioridad y fastidio como si fuéramos los únicos dueños del Botánico.

Lujo.
El lujo está reservado a muy pocos.
Las vacaciones son para la mayoría.