Hay un colchón

con memoria. Es nuevo. Almacena la huella del cuerpo del durmiente, noche tras noche.

Adaptable. Confort extra.
El mío no es confortable. Tampoco tiene memoria. Es una triste plancha de espuma sobre láminas de pino barato. Un sofá cama comprado por cualquiera en algún almacén que podría llamarse La Casa del Provenzal o El Economueble.
Pero si hundo la nariz –in memoriam– contra las sábanas me llega un olor. Fresco. Terso.
A ducha. A piel recién planchada.
Me toco la cara interna del brazo como si te estuviera tocando. Con la nariz enterrada.

Me escucho hablarte.
Parece que aún tienes 25. Si no fuera por los ojos.

Sonríes. Así, al oído. Te acercas.
¿Me cambiarías?