Hija

Te he pagado ortodoncias y plantillas, clases de ballet y visitas al endocrino infantil. Aún eras pequeña. Blanqueamientos dentales, tratamientos antiestrías mientras estabas creciendo. Tenía la esperanza de que comprendieras. Te enseñé a peinarte, a maquillarte, a combinar los colores y las formas. Siempre has tenido la cintura muy ancha.
A mi me pusieron un corsé a los 5 años.

No sabes vestirte, llevas siempre los cuellos desbocados, no usas secador.

Yo duermo todas las noches con rulos desde los 15 años.

Zapatos planos. Por fin te has comprado unos tacones. Muy tarde.
Has aprendido. Por fin.

Sólo vales en la medida en que ellos te deseen.

Una ciudad

Kinomachen ist einfach (transcribo de oídas)

¿Se muere de una forma especial en Madrid?
¿Qué instinto es el que incita a tomar una cámara o un pincel para dejar tan expresiva constancia?

Hans conduce un Porsche amarillo, sin capota. De Lavapiés a un club de campo. La Moraleja, quizás.

“Las botas nos las daban en el frente, de las que les quitaban a los muertos.”

Saber aguantarse el miedo. Que no tiemble la imagen.

Hans indica con disimulo a la cámara. El militar se da cuenta.

“Debía ser todo un espectáculo venir a ver cómo nos matábamos”

Sabemos que están muertos, aquellos oradores, pero parecen más vivos. La solemnidad, los gestos amplios y enérgicos van rasgando la pantalla.

“Desconfíamos de la capacidad del espectador para interpretar”
Si te fotografían, dice Hans, al menos no sonrías. Dice que entonces parecerás más muerta aún.

Indagar el existir de los demás
¿Pero por qué de los demás?
Obsceno oficio el de ver, oír y reflejar el vivir de los otros.

“Si es que la vida debiera ser toda mentira. ¿Para qué queremos verdades de las de verdad?”

Hans ha decidido inventarse su vida. De manera convencional, pero inventada.

Una ciudad es un nombre, áspero o cordial.

Konfusion.

Basilio Martín Patino, Madrid, Suevia Films, 1987.

Tíralos

¿Para qué los quieres? Las bibliotecas están llenas.
Te quejas del polvo. De las mudanzas.

No sé. No los necesito.
O sí. No lo sé.

¿Lees? No te veo.

Cuando no estás.

¿Y cuando vuelvo?

¿Para qué leer cuando vuelves?
(ahora me odio; ahora te reirás)
Me entretienes, no puedo leer contigo delante.

Pero yo sí te pongo mis discos. Siempre me pides los de vinilo.
Yo también podría decir que me entretienes.

Tíralos.
No quiero volver a mudarme.

Eso no depende de mí. Tampoco de ti.

No sé. No lo sé.
No tengo nada. Es por tener algo.

Tíralos.

Hay un colchón

con memoria. Es nuevo. Almacena la huella del cuerpo del durmiente, noche tras noche.

Adaptable. Confort extra.
El mío no es confortable. Tampoco tiene memoria. Es una triste plancha de espuma sobre láminas de pino barato. Un sofá cama comprado por cualquiera en algún almacén que podría llamarse La Casa del Provenzal o El Economueble.
Pero si hundo la nariz –in memoriam– contra las sábanas me llega un olor. Fresco. Terso.
A ducha. A piel recién planchada.
Me toco la cara interna del brazo como si te estuviera tocando. Con la nariz enterrada.

Me escucho hablarte.
Parece que aún tienes 25. Si no fuera por los ojos.

Sonríes. Así, al oído. Te acercas.
¿Me cambiarías?