Allí, III

Ni las iglesias ni las mezquitas estaban llenas. Lo estaban las comisarias, las prefecturas y los juzgados, llenos de quienes de noche (allí nadie sale de noche) viven en las esquinas trapicheando para comprarse pendientes con el logotipo de nike. Las oficinas de correos, los macdonalds y los kentuckyfriedchicken, llenos de madres con cuatro o cinco niños de edades contiguas. Nunca hay padres. Las tiendas de ropa de segunda mano, llenas de africanas que pagaban al contado en monedas de céntimo. Los alrededores de las galerías comerciales, llenos de adolescentes en bandada que usan tiras de plástico como látigo para azuzar a los que pasan. Los mismos que pasarán poco después a las esquinas y acabarán de agentes dobles de saldo, confidentes de la policía.

Vivir allí es lo más parecido a vivir en un lugar de paso, vallado, impersonal e implacablemente señalizado. Áreas de servicio.

Hormas

Nos aterra la forma.
Depuramos, eliminamos.

Escribimos sobre el vacío.

Como si nos asegurara el fondo.

Allí, II

El tiempo que estuve allí lo pasé con la sensación de estar en un perverso parque temático.

En este descampado (una escasa parcela), entre los edificios H y C, violaron a una estudiante a las dos de la tarde. Cojan siempre el autobús.

En una mezcla de museo con guía o en un videojuego.

Nos han dicho algo sobre el ascensor.
No se lo cuentes. Las vas a asustar sin motivo. Eso ya pasó.

Todo estaba, está lleno de huecos. También reales.

Sólo tienes que salir, después de las diez, mejor si vas acompañado. Con que pases dos calles más allá, podrás comprar lo que quieras.

Si existiera un hacinamiento por ausencia, serían los laberintos ajardinados de las cités, los callejones sin salida, los metros y metros vallados que protegen la nada de solares inservibles.

(Ahora mismo, desde el piso de al lado, el escayolista afirma que las religiones lo único que hacen es atrasar a los pueblos)

Un fantasma recorre Europa.
(arranco alevosamente de contexto)

Allí, I

Yo estuve allí. En aquella época no escribía, sólo hacía esfuerzos por evitarlo. La únicas pruebas están inscritas con una llave en la pintura azul de un ascensor, o en un baño, o en una chimenea del tejado de la primera planta. ¿Ocho, nueve años?

Recuerdo nombres por finales de trayecto, La Corneuve, o por el tranvía, Bobigny, donde me hice una tarjeta de residencia que jamás llegué a recoger.

Me llamó la atención la oscuridad de los días, del asfalto y del marrón agrietado de las caras. En el centro del pueblo, comido por la banlieu, aún quedaban pisos bajos, plaza y catedral. El resto era una sucesión de edificios de 30 años con aspiración a premio de arquitectura. Ventanas redondas y barras de hierro de colores chillones.

Allí descubrí que había dos lados y que nosotros estábamos en el correcto, porque sabíamos leer, y hacíamos fotos y cortometrajes y collages, y nos escapábamos a los cafés de Ménilmontant. Yo, nosotros, sólo estabamos de paseo. Ni siquiera Éric, que estaba entre todos, porque no era ni europeo ni estrictamente blanco, y se camuflaba fácilmente entre la oscuridad y la falta de dinero, llegó nunca a caer del todo.

Amigos, II

Por fin lo masticas, el triunfo.
El triunfo es invitar a comer a la cuadrilla.
El triunfo es reconocer en público que a tu novio le vuelve loco Anabel Alonso y reir mientras se lo cuentas a una amiga.
Ella cuida niños a veces y fue a ver tu casa hace dos semanas.

No quieres que sufra. Demasiado, al menos.

Vaso

Se atreve a formular una metáfora en tu ausencia.

Cuando vuelvas en ti
Calla antes de acabar.

Entonces pedía un vaso de agua -un sorbo- y te miraba a través del cristal

para tirar dentro el cigarrillo.