Vanidad

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entra en el vagón y se sienta enfrente. Acaricia la cámara rodeando el objetivo, conozco el tacto y la sensación de peso en el arco que forman el índice y el pulgar, recuerdo y sonrío. Manipula la cámara, está viendo tomas anteriores –es digital-, oigo el disparador y me incomoda el ruido.

Pero poso.

Y pienso por qué –y yo con estos pelos (sic)- si he dormido cuatro horas y tengo ojeras y manchas y estoy despeinada y arrugada y cansada.

Me quedo quieta hacia el otro lado. Observo fieramente la puerta del vagón con la muñeca retorcida bajo de la barbilla. ¿Me favorece?

No quiero mirar.
Por si acaso no me retratan a mí.

Pero poso.

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