Los buscones

«Estas son las palabras con las cuales las personas encuentran su blog»

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Urba

La primera vez que pisé una calle del centro tenía doce años.

Nací en una urbanización con dos piscinas, una de ellas cubierta y climatizada, gran gimnasio, parque infantil y amplias zonas verdes. De pequeños jugábamos en los jardines y en las zonas recreativas. Por las mañanas esperábamos un autobus que nos llevaba hasta un colegio que estaba al lado de otras urbas. El autobús nos devolvía por las tardes a la urba. Allí jugábamos en el jardín o nos íbamos a nadar a la piscina. Los sábados mis padres nos llevaban a un centro comercial, donde cargaban el coche de bolsas de supermercado y boutiques y después veíamos alguna película o jugábamos en la bolera. En vacaciones mis padres alquilaban casas rurales en pueblos perdidos donde a aveces nos encontrábamos a gente que vivía en la urba de al lado y que jamás volvíamos a ver.

A los diez años dejé de jugar con mi hermano. La mayoría de mis vecinos iban al mismo colegio que yo y comenzamos a quedar en los jardines y a espiar el gimnasio. A los once ya cogíamos el único autobús urbano que pasaba cerca para irnos todos juntos al centro comercial. Veíamos pelis, jugábamos a los bolos o en los recreativos, y merendábamos en las hamburgueserías de la última planta. No siempre íbamos al mismo. Cuando se celebraba algún cumpleaños, nuestros padres nos llevaban a todos juntos a algún otro centro de otro barrio.

A los trece años comenzamos a salir por las calles del centro. Primero quedábamos en las hamburgueserías para ir al cine y poco tiempo después nos juntábamos a tomar minis de cerveza con limón que se fueron conviertiendo en litros de ron con cola. No solíamos llegar tarde a la urba. Aún éramos demaisado jóvenes.

Conocí chicas, varias chicas de la urba que se empeñaban en hacerme salir por la ciudad a tomar los mismos perritos calientes y kebabs que tomaríamos en el centro comercial.

A los 25 llegó otra chica. Nos conocimos en el centro, entre copas de alcohol adulterado y coches que se estrujaban en las callejuelas. Nos casamos.

Ya no he vuelto a pisar ninguan calle del centro. Vivimos en la urba, en un piso que nos ayudaron a comprar entre nuestros padres, que viven en otras urbas. Los fines de semana llevamos a nuestro hijos a los centros comerciales a alguna sesión matinal, o los dejamos en los parques que construyen entre urbanizzación y urbanización. Por las noches volvemos nosotros solos para ver alguna película y cenar y tomar después alguna copa menos adulterada. Algunos fines de semana alquilamos una casa rural, (ya las hacen como pequeñas urbanizaciones), o un apartamento en la playa con piscina y gimnasio.

Es por los críos.

Invierno

Esa estación en la que es más fácil olvidarse de bajar la basura

Tortura

Es la última perversión militar.

Obligan a los prisioneros a criticar   todas   las novelas  que revolucionan las convenciones narrativas elementales    cada año.

Tribu y Capital

Los hombres salían a cazar y regresaban con las manos llenas unas veces y otras con menos. Algunos sabían qué era necesario acechar, pero otros necesitaban que las mujeres les dijéramos qué era lo que debían cazar.

Cuando volvían había que despiezar, limpiar y preparar para la venta. Entonces eran otros hombres los que se llevaban las piezas y las vendían al mejor precio.

Apenas nos llegaba una mínima parte de los beneficios para subsistir y poder seguir limpiando, preparando y dirigiendo la caza.

Pero como no sabíamos nada de armas nunca se nos ocurrió salir a cazar.

Plusvalías

En cuanto entro por la puerta de la agencia huelo el dinero.

El olor a dinero es leve, pero de vez en cuando sube a ráfagas por la nariz como un perfume leñoso y penetrante que nace de la nada. El primer impulso es olerme la ropa, como si hubiera salido de allí ese dinero. Y no, no huele, claro está, pero el aroma persiste y cuando echo el cierre sigue acompañándome hasta que me hundo en el metro.

(Sé de donde sale)