Fin de partida

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Cuando las familias vivían literalmente en los centros comerciales, llevando de acá para allá sus carritos repletos, como pobres de esquina, y las adolescentes, sepultadas bajo las montañas de los tops y capris que llevaban en los brazos, esperaban su turno de caja con la alegría de las novicias, y a la hora del cierre era evidente el saldo de la batalla en las ojeras de las dependientas y las prendas pisoteadas del suelo, yo sólo miraba.

Ahora paseo despacio bajo el frío de los fluorescentes o voy tocando una por una las mangas flácidas que cuelgan limpiamente de los burros.

Acabo de llegar a la fiesta y ya se han ido todos.

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