Soportes, I

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2004-2014 / Oído / Uncategorized

Yo también descargo música. Aclaro en mi defensa que también compro, aunque cada vez lo hago menos, en tiendas, esas que  desaparecerán o ya han desaparecido, y más en los puestecillos de merchandising de los conciertos, sobre todo si los artistas publican en sellos pequeños y difíciles de localizar. No toda la música que descargo es la que compraría, por supuesto. Ni siquiera toda la música que descargo es la que escucharía. Para eso tengo una carpeta que dice MÚSICA PARA TIRAR, así, con mayúsculas, para que quede claro.

Quizás algún día, cuando tenga espacio, compraré un plato, un amplificador y unos buenos altavoces, porque conservo algún vinilo. Sé, que aunque no sea nada raro, –es lo que han hecho las masas durante décadas–, en estos momentos sí es algo excepcional, tan excepcional como revelar carretes o tricotarse sus propios jerséis. La mayoría de los que están entre ambas eras, analógica y digital, han deshechado por completo sus viejas cámaras de carrete, pero regalan de vez en cuando algún deuvedé o cedé edición especial en onomásticas, cumpleaños y fiestas de guardar.

Pero hay una generación que no sabe lo que es comprar un disco, que sólo conoce los cedés de sus padres (sus hermanos mayores tampoco tienen) y que ve absurdo comprar algo que se puede conseguir sin salir de casa y sin pagar. Si el revival del vinilo no consigue, por lentamente que sea, una gran minoría de adeptos, el futuro de los soportes musicales estará más que visto para sentencia.

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