Sálvame

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Spidervázquez al rescate.

     Jorge Javier Vázquez, el presentador, es un tipo listo. Valga como prueba el dejar a Paz Padilla, cuentachistes racial, como presentadora suplente. Su caída y ascenso tiene un cierto paralelo con la del otro Vázquez televisivo, aunque mientras que en el caso del gallego, la tragedia y resurrección fue de una intensidad mitológica, la del catalán tiene un tamaño más humano y asequible, lo que le ha hecho crecerse en la pantalla cual Schwarzenagger (ya saben, antaño adolescente tirillas reconvertido en Absoluto Señor del Músculo). Por supuesto que un programa de televisión no es el presentador, que es un trabajo de equipo, etc., etc., erc., pero es innegable en este caso que, como monarca absoluto, él es Sálvame. Más que maestro de ceremonias, JJV es el ama sado que dosifica la humillación y dirige los rituales del dolor según la audiencia y los cortes publicitarios.

Roaring Youth.

     Técnicamente, la factura de Sálvame es absolutamente impecable. Hasta la publicidad está bien puesta,  y el público no es tonto,  y aunque sea un poco bruto y no tenga ni idea de edición de vídeo ni de dirección de arte, sabe que no es lo mismo esto que los noticiarios de Localia, que en paz descansen. Sálvame es un programa ágil, trepidante, de acción y de intriga al mismo tiempo. Es el 24 de los programas de corazón y dosifica la información, la opinión y el entretenimiento para tenernos a pie de tele un par de horas seguidas. Pero no es sólo la perfección técnica o el guión lo que subyuga al público. Porque la gracia de Sálvame es que es un universo independiente que se retroalimenta a sí mismo como un mundo posible, con su propia mitología, historia y lenguaje, su aristocracia y sus colaboradores proletarios, sus reglas consuetudinarias, leyes y castigos, su monarca presentador y el dios con auriculares que fuera de cámara dirige a sus figurines. Sálvame es un Show de Truman al revés, donde personas reales se comportan como personajes de ficción y se traspasa constantemente la frontera entre la ficción televisiva y el mundo real de la tramoya de plató en antológicas carreras detrás de unos sobrehumanos contertulios que salen a llorar a los baños de Telecinco perseguidos por ese Ángel Cristo del corazón que es JJV y su micrófono-látigo.

Belén Esteban. Princesa del Pueblo y Reina Madre.

     Y yo, a la hora de la siesta, caigo rendida a ese universo cuyas historias nacen, se complican y mueren allí mismo, sin salir de la cadena. Me subyuga la forma en que JJV hace pasar por el aro a sus foquitas amaestradas y las hace aplaudir con las aletas, ya sea con preguntas de cultura general, bailes chumineros o karaokes improvisados, y más me subyuga cuando se rebelan a su destino y se encaran con el presentador, y entonces se produce el milagro de la dignificación del personaje en persona, y eso, queridos lectores, no tiene precio como clímax narrativo en la ficciorrealidad televisiva.

 

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