La edad propicia

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Tuve dos mentores accidentales en la edad propicia. Ambos compartían nombre, fecha de nacimiento y una calvicie prematura pero digna.
El primero me regaló una cinta casera. En una cara había una selección de canciones de R.E.M y en la otra sus favoritas de The Smiths. Hizo una carátula de cartulina amarilla y tuvo la precaución de que allí constara su nombre, lugar y año. Aún la conservo. Hace años que no la escucho. Es un temor ridículo y probablemente infundado, pero tengo la sensación de que en el momento en que comience a dar vueltas en la pletina, se convertirá en polvo fulminantemente. Perderla, de algún modo, sería como perder una partida de nacimiento.

Del segundo no conservo ninguna prueba material. Ocho o nueve años más tarde me llamó a su despacho para revisar un trabajo de clase. Salí de allí con casi 20 libros de poesía escritos entre 1980 y 2000. Algunos de ellos acabarían siendo favoritos. Otros me enseñaron lo que no debía hacer.

Después, con perseverancia y paciencia, me dediqué a desaprovechar concienzudamente las posibilidades que habían depositado en mis manos.