Albert Balasch, Las ejecuciones

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Llegó el final.

Tenemos la ocasión

para decirlo. Llegó el final.

 

En la oscuridad del mundo

miles de cuerpos sin vida

respiran, ellos —y cada uno—

tienen a su verdugo sobre la espalda.

Ya nadie puede ayudarnos.

Cuando los libros comenzaban a reventar las costuras del cuartillo donde se apiñaba la redacción del suplemento cultural, los redactores bajaban graciosamente los sobrantes a la redacción y disponían una especie de mercadillo para buitres, de esos en los que sólo eligen los más rápidos, y si se llega el último como a todas partes, solo cabe esperar lo mejor o lo peor.

En esta ocasión hubo suerte. No lo que hubiera elegido en un principio, pero allí estaba una biografía de Pierre Assouline magníficamente encuadernada, un ensayo de John Boswell sobre la misericordia, y Decaer, primero, creo, de los libros de Balasch traducidos al castellano.

No lo conocía. Me chocaba una edición en Lumen al borde de los 30 y encontré dentro algo que no tenía nada que ver ni con los epígonos de la poesía de la experiencia que aún coleaban a finales de los noventa, ni con el barroquismo impostado que comenzaba a soplar o la imaginería de suburbio americano y videoclip.

Aquí había otra cosa, era cuestión de hacer sangrar las palabras sin aspavientos, con un movimiento silencioso y certero. Aquí se obligaba al lector a caminar en el filo de la lengua, a desvelar y desentrañar hasta el silencio hermético. Así continuó Las ejecuciones, un poema duro y frío contado hacia atrás.

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