Windsor

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Hace 10 años el 12 de febrero cayó exactamente en sábado. Por entonces completábamos unos cursos de doctorado previos a la fase de investigación, como si hundirnos en la academia nos fuera a salvar de algo. En realidad sólo seguíamos haciendo lo que llevábamos tanto tiempo haciendo sin mucho sacrificio ni grandes resultados. Una etapa incierta. No éramos jóvenes ya. Tampoco mayores aún. Y seguíamos dando vueltas sobre nuestros pasos, porque lo sabíamos todo absolutamente, pero comenzábamos a descubrir pequeñas grietas en esa fe tersa e inquebrantable. Nada nos iba a servir ni a salvar de ahora en adelante.

Como lo sabíamos todo, no hacía falta planificar nada. A veces quedábamos un sábado por la noche a comer pizza congelada, nos maquillábamos en pijama y acabábamos analizando los anuncios de teletienda a las cuatro de la madrugada, con los equipitos de salir y sus tres alternativas pulcramente extendidos como los huesos de un cadáver recompuesto sobre la colcha. Otras veces recomponíamos el cadáver y salíamos sin plan, ni destino ni, afortunadamente, nada que hacer.

Aquella noche el fuego nos echó a las calles. Estábamos bastante lejos del Windsor, lo suficiente para que la retransmisión en directo fuera ese espectáculo que podía verse en cualquier parte. Era mi segunda gran catástrofe madrileña, pero comparada con la anterior, este incendio de sábado era una fiesta, una falla alucinante y gigantesca.

En la calle no había masas histéricas, ni corrillos hablando de la noticia, ni siquiera caminantes preocupados y cabizbajos. Sólo gente. Subimos por Gran Vía hasta Callao y después nos atrevimos a bajar a casa, a pesar del frío punzante, bordeando las verjas oscuras del Retiro.

+ Hace diez años recordaba esto aquí mismo

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