Sólidos

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Recuerdo vagamente el nombre de Lejeune. Philippe Lejeune, el teórico de la literatura autobiográfica que se ocupa, entre otras manifestaciones, del diario íntimo, ese que se escribía a escondidas, sin pretensiones ni asomo de ser jamás leído bajo ninguna circunstancia. Yo tuve dos de esos, primorosamente escritos en sendos cuadernos exclusivamente dedicados a tal menester.

El primero llegó a los ocho años, duró cuatro meses y cerraba cada entrada con un invariable “cené y me acosté”, como quien anota en el debe y el haber. En aquellos momentos en los que comenzaba a convertirme en persona no era muy consciente de que el diario era un bien que debía permanecer oculto, como el dinero y las partes íntimas, y dejaba aquella libretilla verde lima en cualquier parte, hasta que desarrollé cierto sentido del pudor, guardé mi diario en la parte más remota y de difícil acceso de mi escritorio, y a la semana ya había abandonado mi carrera autobiográfica de tanto ocultismo.

El segundo intento llegó media vida después, a los once o los doce años. Era un precioso cuaderno de colores pastel, rosa y azul, con degradados y purpurinas tal vez, cerrado por un candadito de latón que abría temerosamente para confesarme y cerraba de nuevo, confiadísima de su fortaleza, todas las noches, con la pertinaz esperanza de que sabría proteger ese torrente desatado de sentimiento.

Ya entonces me avisaban. Lo que escribas, permanecerá escrito.

Mi diario de entonces era un diario de verdad, como de los que habla Lejeune. Un ejercicio personal y descuidado, con más voluntad archivística que estética, algo así como unas zapatillas de andar por casa. Además, estaba el candado. Y el candado me salvaría.

Pero candado y todo, cayó en las manos equivocadas en el peor momento posible.

No recuerdo qué ocurrió, ni por qué. Fue una autentica tragedia.

Y abandoné la diarística. Desde entonces comencé a escribir mi no diario en medio de los apuntes de la universidad y en folletos de propaganda abandonados entre las páginas de cualquier libro, propio o prestado.  Nunca en servilletas de bar, que se rasgaban, pero sí en paquetes de tabaco o el reverso de albaranes. En folios doblados tamaño cuartilla que guardaba arrugados y descoloridos en el bolso. En las últimas páginas de los cuadernos de espiral. Entre los borradores de las dos o tres libretas de escribir que simultaneaba. Sobre fichas, envoltorios, hojas de matrícula que acababan con suerte recopiladas en una carpeta de cartón que se dejaba en cualquier parte.

Había perdido la fe en los candados. En cualquier tipo de máscara o escondite, en realidad.

Creo que nadie volvió a interceptar jamás mi diario. Lo que escribí entonces aún permanece escrito.

La mejor manera de ocultarse es mostrarlo todo.


 

+ Autopacte, la página de Philippe Lejeune

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