Jornada

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La ropa tiene la misma calidad ínfima, se produce en las mismas sospechosas condiciones y es de precio similar, sin embargo nadie ha hecho cola para entrar en C&A Gran Vía mientras que se han organizado auténticas expediciones para visitar Primark.

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La moda es un negocio en el que las emociones también cotizan. Sólo así se explica que algunos sectores de consumidores rechacen a los grandes de la moda pronta por propuestas que ellos perciben como conservadoras para elegir marcas de concepto empresarial muy similar que abusan de patrones anticuados y de poco riesgo estilístico. Unas mínimas nociones de historia de la moda facilitarían la decisión consciente del consumidor, aunque es difícil luchar contra una campaña atractiva y una imagen de marca coherente que apela a los sentimientos.

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Da igual lo absurda que nos hubiera parecido una prenda en un principio, su inadecuación a las condiciones meteorológicas de la estación, la incomodidad manifiesta que produzca su uso o lo que escasamente realce nuestra anatomía. El mercado dicta sutilmente qué necesitamos de forma que nos hace enorgullecernos de nuestra elección razonada y personal. La misma elección de la que hubiéramos abominado en la temporada anterior.

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Desigual basó su carrera comercial en el plagio descarado de las señas de identidad de Custo Barcelona: estampados de inspiración psicodélica a todo color y mezcla insólita de texturas y tejidos en la misma prenda. Sus prácticas comerciales son idénticas a las de sus competidores. Ni produce a nivel local ni se distingue por el respeto a la legislación laboral española. Paradójicamente, Desigual ha construido un halo de optimismo y honestidad alrededor de sus productos, de modo que los más fieles a la marca suelen censurar estas prácticas poco éticas en otras etiquetas más consolidadas.

‪#‎elecciones2015

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