Tres hilos, I

1. Hace un año tecleé mi nombre en el buscador. Me había perdido, en cierto modo, y acabé encontrándome. Alguien vendía en una web de librerías de segunda mano un ejemplar de Adiestramiento por cuatro veces más su precio en el mercado. El anuncio destacaba “dedicado por la autora”.

¿Quién se desharía de un libro dedicado?

Decidí rescatarme. Si es que aún quedaba algo por salvar.

Llamé a mi escudero, subimos a Cercanías, paramos a pedir una de croquetas y dos jarras en Bodegas Rosell y acabamos a la hora de apertura bajo el cartel amarillo pollo de una oscura librería de viejo de Ciudad Lineal, atestada de libros de suelo a techo, y con suculentas ofertas en vhs.

Los trámites fueron bastante más limpios y rápidos de lo que hubiera querido. Me estaban dejando sin historia.

Me hallé. Me compré.

Antes de pagar, cuando el dueño iba surgiendo de entre el polvo y la oscuridad del a escalera del almacén, estuve a punto de contarle mi increíble aventura. Yo escribo, ¿sabe? Aunque casi nunca lo parezca. Caí a tiempo en la cuenta de que aquello no era ninguna novela y además el hombre tenía prisa por deshacerse de aquel librillo color azul gastado.

Pagué y nos fuimos.

En algún sótano de algún periódico se había hecho limpieza a fondo. Quizás hubiera sido en la casa de algún crítico y antiguo director de suplemento cultural. Una de las pocas dedicatorias de compromiso que hice en su momento.

No había ofensa. Nada personal. Solo había sido cuestión de espacio.

Pero tampoco esta vez fui capaz de armar la historia.

 

Midlife crisis, 47

Hace unos años, antes de ir a un festival buscabas unos conjuntitos molones en el Humana para no desentonar de tus amigos. Ahora secuestras a tus sobrinos y los metes a la fuerza en la zona infantil para no desentonar de tus amigos.

Monstruos 2.0.

De pequeños nos asustaban con el Sacadatos y nos advertían contra el Hombre de las Cookies. Este también nos sangraría a cambio de una golosina envenenada. O quizás fuera el Algoritmo, que en verano recorría las callejuelas sorbiendo la más tierna información privada.

Qué crédulos somos de niños. Ya sabemos que los algoritmos no existen.

Midlife crisis, 46

Antes, después de una noche mala, te despertabas a las dos de la tarde en algún piso desde el que no sabías volver a casa. Ahora acabas metida en un grupo de WhatsApp de divorciados con hijos donde todas las mañanas se dicen buenos días con memes de amistad.