Tres hilos, I

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1. Hace un año tecleé mi nombre en el buscador. Me había perdido, en cierto modo, y acabé encontrándome. Alguien vendía en una web de librerías de segunda mano un ejemplar de Adiestramiento por cuatro veces más su precio en el mercado. El anuncio destacaba “dedicado por la autora”.

¿Quién se desharía de un libro dedicado?

Decidí rescatarme. Si es que aún quedaba algo por salvar.

Llamé a mi escudero, subimos a Cercanías, paramos a pedir una de croquetas y dos jarras en Bodegas Rosell y acabamos a la hora de apertura bajo el cartel amarillo pollo de una oscura librería de viejo de Ciudad Lineal, atestada de libros de suelo a techo, y con suculentas ofertas en vhs.

Los trámites fueron bastante más limpios y rápidos de lo que hubiera querido. Me estaban dejando sin historia.

Me hallé. Me compré.

Antes de pagar, cuando el dueño iba surgiendo de entre el polvo y la oscuridad del a escalera del almacén, estuve a punto de contarle mi increíble aventura. Yo escribo, ¿sabe? Aunque casi nunca lo parezca. Caí a tiempo en la cuenta de que aquello no era ninguna novela y además el hombre tenía prisa por deshacerse de aquel librillo color azul gastado.

Pagué y nos fuimos.

En algún sótano de algún periódico se había hecho limpieza a fondo. Quizás hubiera sido en la casa de algún crítico y antiguo director de suplemento cultural. Una de las pocas dedicatorias de compromiso que hice en su momento.

No había ofensa. Nada personal. Solo había sido cuestión de espacio.

Pero tampoco esta vez fui capaz de armar la historia.