Tres hilos, II

*Empezar

Mi profesión tiene las dosis de absurdo necesarias para afrontar cada año de vida laboral con los restos de alegría que sobran de otros momentos. Es algo así como un tiempo de descuento administrativo. Para poder recibir una propina cada seis años (tres noches más de hotel, un jersey caro, pasar la tarde en una librería guiados únicamente por el apetito), tenemos que acumular sabiduría, sabiduría constatada, cuantificada, medida, blanco sobre negro.

Busco siempre el conocimiento más inútil y menos productivo. Cuentan que en otras épocas más humanas había un ramillete florido de cursos de bailes africanos, fotografía o técnicas de impresión artesanal. Pero en estos otros tiempos lo más peregrino que encontré fue un curso de susurros.

Todavía no he bebido lo suficiente.
No digo mucho, digo lo suficiente.

Así pues, aplicada, escogí un poema para susurrar. Pensé en algo que realmente pudiera decir en alguna ocasión.

Así que ahórrate la otra vez
y próximas. Nunca dije: atada soy.

O algo que, efectivamente, hubiera dicho alguna vez.

Ni me horroricé por un beso
en cualquier parte. Adoro
sólo lo adorable.

Era cuestión de buscar portadores de sentido. De encontrar la dirección de la palabra.

Un día, u otro
siempre puede asomarse una
a la ventana y ver tejados.

Hacia uno mismo.

Adoro los tejados y beber.
Bebo para la tirria, para
comprender.

Hacia ti.

No te entiendo,
me levanto, está bien,
no me quedo.

Hacia arriba. Justo donde estaba dios antes.

Estaba bien, sí. En cada sesión creía un poco más en el poema. Me apropié de las palabras. Estaba comenzando a ser mío. Las susurré a otros oídos unas veinte o treinta veces. Yo me sentaba detrás del escuchante, inclinaba la boca levemente hacia su oreja y bajaba medio tono mi voz. Me gustaba pensar que mientras susurraba me pusieran otro rostro. Cuando alguna silueta tenía un rasgo particular para mí, yo hacía lo mismo.

El último día cerré la libreta de notas. Ya está. Trámite hecho. La vida es otra cosa. Nadie susurra en verso.

Pocos días después me vi exactamente en la situación que había imaginado mientras aprendía a susurrar. Recordé las texturas, los portadores de sentido, las direcciones adecuadas.

Pero las palabras ya no estaban.

Tampoco esta vez servían.

*Concha García, Empezar, 1993.