Playa Cuerpo

Blog / Visto

Harold Feinstein, 1950 aprox. Optimismo contagioso. Un adolescente con cámara al hombro comienza a retratar a sus vecinos de Coney Island. Invierno y verano. Las imágenes son humanas, visiblemente más borrosas de lo que el ojo contemporáneo acostumbra a ver. Debía ser un privilegio que alguien se dignara en tomar un retrato nuestro. Los rostros que posan aparecen siempre con una expresión de alegría genuina e, intuimos, casi agradecimiento. Excepcionalmente, se va colando la fascinación por el cuerpo de playa.

 


Xavier Miserachs, 1966. Costa Brava Show. Retazos de un país que estaba acostumbrándose al extranjero versión turista, esa plaga que asuela la tierra que pisa. Un pasado dolorosamente cercano y la misma disposición que tenemos ahora nosotros al visitar algún otro país espejo de lo que fuimos. El blanco y negro de Miserachs enlaza a veces con el de Fenton. Vecinos espontáneos, niños que juegan, escenas de costumbres sin presencia ajena, optimismo también contagioso. Pero también se asombra ante la señalética que comienza a desfigurar los espacios tradicionales o al lugar, entre central y expectante, que ocupa un turista metido en una juerga flamenca.


Elliot Erwitt, 1960-1990, aprox. On the beach. La acción transcurre durante tres décadas, localizada en las playas de al mínimo dos continentes distintos. El punto de partida es aparentemente simple: You look at girls; you get a suntan; you might catch a photo that works. Las imágenes, en blanco y negro, aún pueden dar cuenta de algunas diferencias. No obstante, el poder igualador del traje de baño es imparable. Erwitt abunda en sus obsesiones: la simetría, los pares, el feliz absurdo, el chiste solo evidente para quien sabe mirar. Y el cuerpo desmembrado, en el que la suma de las partes nunca asegura que, como resultado, se obtenga otra vez el ser original. 


Martin Parr, 1980 y 1998. The Last Resort. Benidorm. El optimismo contagioso ha desaparecido de la escena. Dedicarse a la vivisección de los semejantes no es una tarea ni fácil ni entretenida, ni mucho menos gratificante. El color vibrante y profundo que emplea The Last Resort llega al paroxismo en Benidorm. Benidorm es el centro del mundo, una sucesión de cuerpos fragmentados, descontextualizados y profusamente coloridos. Ojo, el soporte (de físico a físico) aún mitiga la frialdad y tersura a la que nos acostumbraremos después. También la mirada cruel, pero tierna al fondo, desde donde mira Parr a sus sujetos/objetos.


Maria Moldes, 2015. Escenas de la vida radioactiva. El soporte ha cambiado, definitivamente. No se puede tocar, es terso, brillante, impoluto. Los colores adquieren una cualidad sobrenatural, hieren. No sabemos si esta es la vida real o es un paraíso plástico donde la imperfección, ampliada hasta lo grotesco, deja de percibirse como defectuosa y se convierte en tema absoluto. Los humanos son cada vez menos humanos. El cuerpo es cada vez menos cuerpo: maltratado, maquillado, dispuesto en partes según sus miembros. Ya no podemos reconocernos en nuestros semejantes, y estos seres nuevos están colonizando el planeta. La semilla de Parr ha florecido en su hábitat natural, Benidorm. Sin compasión alguna.

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