Midlife crisis, 47

Hace unos años, antes de ir a un festival buscabas unos conjuntitos molones en el Humana para no desentonar de tus amigos. Ahora secuestras a tus sobrinos y los metes a la fuerza en la zona infantil para no desentonar de tus amigos.

Monstruos 2.0.

De pequeños nos asustaban con el Sacadatos y nos advertían contra el Hombre de las Cookies. Este también nos sangraría a cambio de una golosina envenenada. O quizás fuera el Algoritmo, que en verano recorría las callejuelas sorbiendo la más tierna información privada.

Qué crédulos somos de niños. Ya sabemos que los algoritmos no existen.

Midlife crisis, 46

Antes, después de una noche mala, te despertabas a las dos de la tarde en algún piso desde el que no sabías volver a casa. Ahora acabas metida en un grupo de WhatsApp de divorciados con hijos donde todas las mañanas se dicen buenos días con memes de amistad.

Stasi 2.0.

El sistema de vigilancia es infalible y sin fisuras. Tanto, que de la costumbre hemos hecho uniforme o hábito y pasamos los días mirándonos entre nosotros al infinito, asintiendo como vacas delante del pasto y alzando levemente las comisuras cuando la oficialidad de la sonrisa lo requiere. De no poder hablar se nos olvida lo que pensamos de verdad. De no pensar se nos ha olvidado la verdad.

Sabemos perfectamente quién puede delatarnos. A veces un resplandor extraño y brevísimo cuando cruzamos las miradas nos lo recuerda.

Sé qué sabes.

Todo es acostumbrarse. No es peor que otros sitios. Y en la sala de reuniones ahora también nos dan galletitas y nos acaban de poner una cafetera de esas que hacen hasta infusiones.

La mujer del opresor 2.0

A veces (cada vez más, muchas veces) discutimos. Como todo el mundo, vaya.

Tú enumeras los motivos para votar A y mientras hago como que te escucho, con los ojos muy abiertos y moviendo mecánicamente la cabeza de atrás hacia adelante, en algún lugar cerca de la nuca voy desmenuzando con saña cada frase y escogiendo cuidadosamente los argumentos con que atravesaré esa superficie tan brillante y estirada de tu discurso hasta que pierda todo el aire o bien reviente.

Plop.

Después te acuestas conmigo. Eres tolerante, me dices, y te ríes. Nunca me imaginé que acabaría tan pillado por alguien como tú. Votando a B.

Tampoco yo me imaginé dejándote actualizar la vieja tradición de someter a la mujer del opresor.

Poesía like

Chico. Chica. Te gusta la poesía. Te encanta. Das like y retwitteas cuando te metes en la cama con el móvil. Puede que algún día te animes y vayas a una jam, porque, admites, (subiendo un poquitín el tono) es taaaan guapo y dice esas cosas con la voz grave, mirándote a los ojos como si no hubiera nadie más.

Te han dado permiso para creer en las cosas bonitas y el amor. Permiso para volver a tener fe asíncopada y encontrar la esperanza dispersa entre dáctilos, yambos y troqueos. Aprovechas tu permiso recién estrenado para comprar libros. Libros con páginas de papel y preciosas ilustraciones que regalarás en los cumpleaños.

Te habían engañado. ¿Qué es poesía? Poesía no podía ser aquello. Poesía es esto que entiendes y te calma, porque es lo mismo que te dicen tus amigas y tu novia, lo que siempre esperaste de aquel ex, lo que lees en los muros y te aconsejan las revistas, pero mucho más bonito. Y también es gracioso y se entiende todo, y eso te emociona.  Te han dado permiso. Poesía eres tú. Al fin. A veces lloras.

Un solo gesto de pulgar. Convocas la belleza y el amor. Das like y retwitteas.

Álvaro Valverde dice

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