Pírricas

Hemos ganado.

El discurso previo es lo que crea y no la creación la que justifica el discurso posterior. Se empeñan en levantar historias, en encofrar bien el concepto, en andamiar la persuasión a base de palabrería quincalla.

Creímos que el verbo se hizo carne. Nunca se nos ocurrió que el precio de la carne descendiera tanto que habría de hacerse verbo otra vez para habitar entre nosotros.

Sic transit gloria fotologi

Oh aquellos tiempos salvajes en que no había ni ajustes de privacidad ni bloqueos. Éramos jóvenes, vivíamos en Antigua y Barbuda o en las Islas Vírgenes, e inocentes. Escogíamos un nombre gracioso, una canción de los Strokes y nos aposentábamos en una esquina de fotolog subiendo incautos jotapegés del Garaje Sónico, la planta de abajo del Freeway, los jueves del Nasti, Ochoymedio, Elástico, Low. De día éramos abogados en prácticas y enfermeras. Por la noche quedábamos en público para el finde y en la calle reconocíamos a las estrellas de aquel continente fotologuero al volver alguna esquina de San Vicente Ferrer. Allí nos dedicábamos canciones y subíamos imágenes celebrando el amor, el desamor, los festivales y los flequillos recién cortados. Íbamos abriéndonos en canal sin cuidarnos de los jefes malpensados, los amigos rencorosos o los ex enloquecidos.

Hay algo que salva a los pioneros, además de su audacia. Nunca nos ocurrió nada excesivamente malo o peligroso en aquel continente por explorar, más allá de un insulto en un comentario blanco sobre negro. Pasado el esplendor, comenzó el éxodo a tierras más ásperas donde nos habían prometido más de todo a cambio de todo lo demás.

Fotolog desierta, como un holiday resort abandonado donde fuimos felices en la infancia.

+Fotolog

Jornada

1

La ropa tiene la misma calidad ínfima, se produce en las mismas sospechosas condiciones y es de precio similar, sin embargo nadie ha hecho cola para entrar en C&A Gran Vía mientras que se han organizado auténticas expediciones para visitar Primark.

2

La moda es un negocio en el que las emociones también cotizan. Sólo así se explica que algunos sectores de consumidores rechacen a los grandes de la moda pronta por propuestas que ellos perciben como conservadoras para elegir marcas de concepto empresarial muy similar que abusan de patrones anticuados y de poco riesgo estilístico. Unas mínimas nociones de historia de la moda facilitarían la decisión consciente del consumidor, aunque es difícil luchar contra una campaña atractiva y una imagen de marca coherente que apela a los sentimientos.

3

Da igual lo absurda que nos hubiera parecido una prenda en un principio, su inadecuación a las condiciones meteorológicas de la estación, la incomodidad manifiesta que produzca su uso o lo que escasamente realce nuestra anatomía. El mercado dicta sutilmente qué necesitamos de forma que nos hace enorgullecernos de nuestra elección razonada y personal. La misma elección de la que hubiéramos abominado en la temporada anterior.

4

Desigual basó su carrera comercial en el plagio descarado de las señas de identidad de Custo Barcelona: estampados de inspiración psicodélica a todo color y mezcla insólita de texturas y tejidos en la misma prenda. Sus prácticas comerciales son idénticas a las de sus competidores. Ni produce a nivel local ni se distingue por el respeto a la legislación laboral española. Paradójicamente, Desigual ha construido un halo de optimismo y honestidad alrededor de sus productos, de modo que los más fieles a la marca suelen censurar estas prácticas poco éticas en otras etiquetas más consolidadas.

‪#‎elecciones2015

De buscar

La incomodidad es productiva.

Ha de ser el punto exacto, como el frío. Ni tanto que nos paralice ni tan escaso que nos duerma.

Pero una ligera desazón a la que no podamos poner nombre entre tanta comodidad de edredón de pluma y sofá viscoelástico nos echa a la calle sin saber muy bien qué es lo que tenemos que encontrar.

Y que no llegue el día en que sepamos exactamente qué buscar. Ni tengamos nombre para todo. Un nombre cómodo como un relleno de plumas de pato.

Sólidos

Recuerdo vagamente el nombre de Lejeune. Philippe Lejeune, el teórico de la literatura autobiográfica que se ocupa, entre otras manifestaciones, del diario íntimo, ese que se escribía a escondidas, sin pretensiones ni asomo de ser jamás leído bajo ninguna circunstancia. Yo tuve dos de esos, primorosamente escritos en sendos cuadernos exclusivamente dedicados a tal menester.

El primero llegó a los ocho años, duró cuatro meses y cerraba cada entrada con un invariable “cené y me acosté”, como quien anota en el debe y el haber. En aquellos momentos en los que comenzaba a convertirme en persona no era muy consciente de que el diario era un bien que debía permanecer oculto, como el dinero y las partes íntimas, y dejaba aquella libretilla verde lima en cualquier parte, hasta que desarrollé cierto sentido del pudor, guardé mi diario en la parte más remota y de difícil acceso de mi escritorio, y a la semana ya había abandonado mi carrera autobiográfica de tanto ocultismo.

El segundo intento llegó media vida después, a los once o los doce años. Era un precioso cuaderno de colores pastel, rosa y azul, con degradados y purpurinas tal vez, cerrado por un candadito de latón que abría temerosamente para confesarme y cerraba de nuevo, confiadísima de su fortaleza, todas las noches, con la pertinaz esperanza de que sabría proteger ese torrente desatado de sentimiento.

Ya entonces me avisaban. Lo que escribas, permanecerá escrito.

Mi diario de entonces era un diario de verdad, como de los que habla Lejeune. Un ejercicio personal y descuidado, con más voluntad archivística que estética, algo así como unas zapatillas de andar por casa. Además, estaba el candado. Y el candado me salvaría.

Pero candado y todo, cayó en las manos equivocadas en el peor momento posible.

No recuerdo qué ocurrió, ni por qué. Fue una autentica tragedia.

Y abandoné la diarística. Desde entonces comencé a escribir mi no diario en medio de los apuntes de la universidad y en folletos de propaganda abandonados entre las páginas de cualquier libro, propio o prestado.  Nunca en servilletas de bar, que se rasgaban, pero sí en paquetes de tabaco o el reverso de albaranes. En folios doblados tamaño cuartilla que guardaba arrugados y descoloridos en el bolso. En las últimas páginas de los cuadernos de espiral. Entre los borradores de las dos o tres libretas de escribir que simultaneaba. Sobre fichas, envoltorios, hojas de matrícula que acababan con suerte recopiladas en una carpeta de cartón que se dejaba en cualquier parte.

Había perdido la fe en los candados. En cualquier tipo de máscara o escondite, en realidad.

Creo que nadie volvió a interceptar jamás mi diario. Lo que escribí entonces aún permanece escrito.

La mejor manera de ocultarse es mostrarlo todo.


 

+ Autopacte, la página de Philippe Lejeune

Lieu

A los sitios siempre se vuelve por azar.

Para no volver hace falta decisión.

Tranströmer

El poeta que murió sin poder hablar decía:

La presencia de la belleza

puede ser peligrosa.

La ausencia de la belleza

es mortal.

 

Lo que siempre me recordó a esto:

 It is difficult
to get the news from poems
yet men die miserably every day
for lack
of what is found there.

William Carlos Williams

 

DE MARZO DEL 79’ 

Cansado de todos los que llegan con palabras, palabras, pero no lenguaje
parto hacia la isla cubierta de nieve.
Lo salvaje no tiene palabras.
¡Las páginas no escritas se ensanchan en todas direcciones!
Me encuentro con huellas de pezuñas de corzo en la nieve.
Lenguaje, pero no palabras.

(Estocolmo, 15 de abril de 1931 –  26 de marzo de 2015)

 

Windsor

Hace 10 años el 12 de febrero cayó exactamente en sábado. Por entonces completábamos unos cursos de doctorado previos a la fase de investigación, como si hundirnos en la academia nos fuera a salvar de algo. En realidad sólo seguíamos haciendo lo que llevábamos tanto tiempo haciendo sin mucho sacrificio ni grandes resultados. Una etapa incierta. No éramos jóvenes ya. Tampoco mayores aún. Y seguíamos dando vueltas sobre nuestros pasos, porque lo sabíamos todo absolutamente, pero comenzábamos a descubrir pequeñas grietas en esa fe tersa e inquebrantable. Nada nos iba a servir ni a salvar de ahora en adelante.

Como lo sabíamos todo, no hacía falta planificar nada. A veces quedábamos un sábado por la noche a comer pizza congelada, nos maquillábamos en pijama y acabábamos analizando los anuncios de teletienda a las cuatro de la madrugada, con los equipitos de salir y sus tres alternativas pulcramente extendidos como los huesos de un cadáver recompuesto sobre la colcha. Otras veces recomponíamos el cadáver y salíamos sin plan, ni destino ni, afortunadamente, nada que hacer.

Aquella noche el fuego nos echó a las calles. Estábamos bastante lejos del Windsor, lo suficiente para que la retransmisión en directo fuera ese espectáculo que podía verse en cualquier parte. Era mi segunda gran catástrofe madrileña, pero comparada con la anterior, este incendio de sábado era una fiesta, una falla alucinante y gigantesca.

En la calle no había masas histéricas, ni corrillos hablando de la noticia, ni siquiera caminantes preocupados y cabizbajos. Sólo gente. Subimos por Gran Vía hasta Callao y después nos atrevimos a bajar a casa, a pesar del frío punzante, bordeando las verjas oscuras del Retiro.

+ Hace diez años recordaba esto aquí mismo

Cordelia

Ten más de lo que muestras y di menos de lo que sepas, dijo el bufón. Y si tu amor es más rico que tu lengua o no puedes echar el corazón por la boca, morirás dos veces.

Desterrada por no nombrar a tiempo.

De la nada solo

nace la nada.

Después muerta. Las palabras que no tiene la han perdido.

Thy truth then be thy dower!

¿Y que hará Cordelia?

Silencio.