Amar de oídas 2.0.

A pesar de la distancia, a mis oídos, señor, ha llegado su fama. Dicen que sus twits son de tal gracia y donaire, y sus stories de instagram de tal belleza y finura, que las gentes se admiran en toda la región y en los reinos cercanos, y quien le conoce y le lee no puede sino clicar los corazones, señalar con los pulgares hacia arriba y retwittear sus gentiles sentencias. Cuentan también que no hubo caballero de perfil más hermoso ni tagline más certero y cautivador, de tal modo que muchas damas hermosas y discretas requieren su amistad con mensajes privados y menciones. Y en esto, que, aun sin haberle visto jamás en justas, fiestas y torneos ni aplicaciones móviles ni páginas, sin ni siquiera haber gozado de su boca las dulces palabras, ni comprobar con mis propios ojos que es tan bueno, agradable y de tantos méritos como dicen, solicito que me otorgue su amor, bello amigo, pues  justa es su fama en todos los dominios conocidos, hasta los confines de la deep web.

Ritos 2.0.

Nunca nos ausentamos del rito. Acudimos periódicamente a esos edificios de interior silencioso y fresco donde veneramos imágenes. Con las almas recogidas, nos detenemos brevemente a mostrar nuestros respetos, leemos la oración o repasamos las vidas de santos que los oficiantes nos ofrecen en folletos y catálogos.

Con cuidado, intentamos no molestar al resto de creyentes si se cruzan con nosotros camino del altar. Si es necesario, se reprocha el comportamiento ruidoso de los niños o los curiosos que se acercan a veces los festivos.

Cuando hemos acabado la plegaria sentados en un banco frente a la instalación audiovisual, salimos, ligeramente sobrecogidos.

En este valle de lágrimas.

 

Beatus ille 2.0.

¡Qué descansada vida
la del que huye del digital ruïdo,
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!

Que no le enturbia el pecho
de los soberbios grandes el estado,
ni del afrutado logo
se admira, fabricado
del sabio angelino, en iPads sustentado.

No cura si la WhatsApp
canta con voz su nombre pregonera,
ni cura si encarama
la instagrama lisonjera
lo que condena la verdad sincera.

¿Qué presta a mi contento
si soy del vano like señalado;
si en busca deste follower,
ando desalentado
con ansias vivas, con mortal cuidado?

Incomunicación 2.0.

¿Cuánto tiempo llevamos juntos? ¿8, 9 años? Sé que no ha sido fácil. A veces eran los problemas económicos, otras, la falta de conexión. Sé que no siempre te he dado los datos que necesitabas, y que algunas veces he desaparecido un tiempo sin dar explicaciones o te he borrado de mi vida sin avisar. Sin embargo, si lo piensas, más cerca o más lejos, yo he estado ahí.

Llevamos juntos tanto tiempo… (suspiro).

Por eso me sorprende que aún no me conozcas, y que cada vez que pulso la pestaña novedades, me apabulles con reguetoneros, traperos y cantautoras latinas, querido Spotify.

Monstruos 2.0.

De pequeños nos asustaban con el Sacadatos y nos advertían contra el Hombre de las Cookies. Este también nos sangraría a cambio de una golosina envenenada. O quizás fuera el Algoritmo, que en verano recorría las callejuelas sorbiendo la más tierna información privada.

Qué crédulos somos de niños. Ya sabemos que los algoritmos no existen.

Stasi 2.0.

El sistema de vigilancia es infalible y sin fisuras. Tanto, que de la costumbre hemos hecho uniforme o hábito y pasamos los días mirándonos entre nosotros al infinito, asintiendo como vacas delante del pasto y alzando levemente las comisuras cuando la oficialidad de la sonrisa lo requiere. De no poder hablar se nos olvida lo que pensamos de verdad. De no pensar se nos ha olvidado la verdad.

Sabemos perfectamente quién puede delatarnos. A veces un resplandor extraño y brevísimo cuando cruzamos las miradas nos lo recuerda.

Sé qué sabes.

Todo es acostumbrarse. No es peor que otros sitios. Y en la sala de reuniones ahora también nos dan galletitas y nos acaban de poner una cafetera de esas que hacen hasta infusiones.

La mujer del opresor 2.0

A veces (cada vez más, muchas veces) discutimos. Como todo el mundo, vaya.

Tú enumeras los motivos para votar A y mientras hago como que te escucho, con los ojos muy abiertos y moviendo mecánicamente la cabeza de atrás hacia adelante, en algún lugar cerca de la nuca voy desmenuzando con saña cada frase y escogiendo cuidadosamente los argumentos con que atravesaré esa superficie tan brillante y estirada de tu discurso hasta que pierda todo el aire o bien reviente.

Plop.

Después te acuestas conmigo. Eres tolerante, me dices, y te ríes. Nunca me imaginé que acabaría tan pillado por alguien como tú. Votando a B.

Tampoco yo me imaginé dejándote actualizar la vieja tradición de someter a la mujer del opresor.

Hipótesis de trabajo VI

Para entender.
Para entender hay que nombrar.

Para nombrar.
Para nombrar hay que ordenar.

Para ordenar.
Para ordenar hay que ser caos.

Y abismo y terror.
Roca, sangre o nieve.
Y cualquier producto de la inutilidad de nuestro esfuerzo.