Albert Balasch, Las ejecuciones

Llegó el final.

Tenemos la ocasión

para decirlo. Llegó el final.

 

En la oscuridad del mundo

miles de cuerpos sin vida

respiran, ellos —y cada uno—

tienen a su verdugo sobre la espalda.

Ya nadie puede ayudarnos.

Cuando los libros comenzaban a reventar las costuras del cuartillo donde se apiñaba la redacción del suplemento cultural, los redactores bajaban graciosamente los sobrantes a la redacción y disponían una especie de mercadillo para buitres, de esos en los que sólo eligen los más rápidos, y si se llega el último como a todas partes, solo cabe esperar lo mejor o lo peor.

En esta ocasión hubo suerte. No lo que hubiera elegido en un principio, pero allí estaba una biografía de Pierre Assouline magníficamente encuadernada, un ensayo de John Boswell sobre la misericordia, y Decaer, primero, creo, de los libros de Balasch traducidos al castellano.

No lo conocía. Me chocaba una edición en Lumen al borde de los 30 y encontré dentro algo que no tenía nada que ver ni con los epígonos de la poesía de la experiencia que aún coleaban a finales de los noventa, ni con el barroquismo impostado que comenzaba a soplar o la imaginería de suburbio americano y videoclip.

Aquí había otra cosa, era cuestión de hacer sangrar las palabras sin aspavientos, con un movimiento silencioso y certero. Aquí se obligaba al lector a caminar en el filo de la lengua, a desvelar y desentrañar hasta el silencio hermético. Así continuó Las ejecuciones, un poema duro y frío contado hacia atrás.

I write because I hate. A lot. Hard.

William Gass

 

Bárbaros

¿Qué esperamos agrupados en el foro?

Hoy llegan los bárbaros.

¿Por qué inactivo está el Senado

e inmóviles los senadores no legislan?

Porque hoy llegan los bárbaros.

¿Qué leyes votarán los senadores?

Cuando los bárbaros lleguen darán la ley.

¿Por qué nuestro emperador dejó su lecho al alba,

y en la puerta mayor espera ahora sentado

en su alto trono, coronado y solemne?

Porque hoy llegan los bárbaros.

Nuestro emperador aguarda para recibir

a su jefe. Al que hará entrega

de un largo pergamino. En él

escritas hay muchas dignidades y títulos.

¿Por qué nuestros dos cónsules y los pretores visten

sus rojas togas, de finos brocados;

y lucen brazaletes de amatistas,

y refulgentes anillos de esmeraldas espléndidas?

¿Por qué ostentan bastones maravillosamente cincelados

en oro y plata, signos de su poder?

Porque hoy llegan los bárbaros;

y todas esas cosas deslumbran a los bárbaros.

¿Por qué no acuden como siempre nuestros ilustres oradores

a brindarnos el chorro feliz de su elocuencia?

Porque hoy llegan los bárbaros

que odian la retórica y los largos discursos.

¿Por qué de pronto esa inquietud

y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros.)

¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,

y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.

Y gente venida desde la frontera

afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?

Quizá ellos fueran una solución después de todo.
Konstantin Kavafis – Esperando a los bárbaros

Géiser

Gran Café

voy a esa cafetería porque me divierte lo confieso

camuflarme entre ellas y fantasear con que son abuelas mías

o tías abuelas mientras sorben el chocolate y comen churros

con despreocupado apetito y las mejilla tan encendidas

Carmen Hernández Zurbano, Géiser, Mérida, ERE, 2012

     Nunca me he hecho eco de los (poquísimos) libros que alguien tiene a bien enviarme, no sé por qué. Recuerdo los de Manuel Abacá e Irene Sánchez Carrón, enviados personalmente. O los de Pilar, antropóloga, con quien tengo un pacto y la casa llena de estudios sobre la Semana Santa mientras ella custodia en Valladolid mi parca obra. A finales de enero encontré esto sobre el escritorio, de parte de un ente y persona jurídica supongo. No conocía a la autora pero tenemos amigos en común: Sleater-Kinney, Xiu-Xiu, Mazzy Star.

(Opiniones más contrastadas aquí)

Locos

Esta es la casa de los locos que ha poco que se instituyó en la Corte,  entre unas obras pías que dejó un hombre muy rico y muy cuerdo, donde se castigan y curan locuras que hasta ahora no lo habían parecido.

Luis Vélez de Guevara, El diablo cojuelo.

Común

[Eichmann] se limitaba a preferir su comodidad a la de lo demás. Esa dejadez  común en momentos fuera de lo común también desemboca en resultados fuera de lo común.

Zygmunt Baumann, Miedo Líquido.

Leído:

Javier Rodríguez MarcosLos trabajos del viajero: pendiente desde 2003.Un paseo agradable pero muy corto.

Cesare PaveseEl oficio de vivir: No he podido leerlo antes, afortunadamente. Ha llegado en el momento preciso para comprenderlo.

Sabotaje

El segundo tipo de sabotaje elemental no requiere de herramientas destructivas, cualesquiera que sean, y si acaso produce algún daño físico, será mediante hechos muy remotamente relacionados. Se basa en la oportunidad constante de escoger decisiones erróneas, de adoptar una actitud no cooperativa, y de inducir a los demás a seguirlas. Una decisión errónea podría resultar, sencillamente, de colocar los útiles de trabajo en un lugar en vez de en otro. Una actitud no cooperativa no comprendería más que crear una situación desagradable entre los compañeros de trabajo, involucrándose en peleas o mostrándose hosco e ignorante.

Office of Strategic Services, Simple Sabotage Field Manual, Washington, 1944.

 

Modales autorales

Ningún autor que comprenda bien cuáles son los límites del decoro y de la buena educación presumiría de pensarlo todo él. La mayor y más sincera muestra de respeto que se le puede dar al entendimiento del lector consiste en repartir amigablemente con él esta tarea y en dejarle imaginar algo a su vez, tanto, casi, como el propio autor
Lawrence Sterne, Tristam Shandy, (1759)

Ankle injuries

Takeshis, efectivamente, es un ejercicio de egocentrismo puro en el sentido más literal del término. Pero para ejercitar la vanidad ya hay otros métodos mucho menos crueles con uno mismo, sin necesidad de lacerarse, morir y resucitar durante dos horas.

Fujiya Miyagi

Fujiya & Miyagi son muy educados. Aunque venían poco programados y en modo krautrock, al final se fueron dando las gracias como si les hubiéramos invitado al té.

La soledad sí era esto. Atención. Que nadie lea las hojas promocionales. Que nadie busque víctimas ni grandes tragedias. Que nadie espere. En esta película sólo hay mirar, o más bien asistir.

Marissa NadlerMarissa Nadler. A veces me siento mayor para la música en directo. Me ocurre cuando alguien me quita el sitio de la primera fila a codazos, cuando dede la segunda tengo que asistir a una comedia de flirteos y separaciones en directo, o cuando me timan con las condiciones de la entrada en la misma taquilla y pido el libro de reclamaciones. Me siento mayor cuando no disfruto lo que tenía pensado y le echo la culpa al timador de las
entradas,a la falta de ventilación de la sala y a tanta languidez en el escenario que, con más
de treinta grados centígrados, no puede traer nada bueno.

Nocilla Dream. Ana Obregón decía en un anuncio hace ya muchos años que “para comprar azulejos no hace falta ir tan lejos”.