Tres hilos, III

Ella era lo rebelde que se podía ser. Más bien un poco excéntrica. Le gustaba montar a caballo y trabajar el campo. A veces entraba por la puerta falsa sin bajarse de la montura hasta que llegaba al patio, en contra del sentido común y la costumbre. No quiso aprender a coser.

Él era pastor de almas. Entonces había una nutrida comunidad protestante en la provincia. Muchos domingos entraba en la iglesia católica para escuchar la homilía del sacerdote. Tenía fama de hombre sensato y leído.

Tuvieron que casarse por rapto. Nadie de la familia quiso ser testigo de unión tan aberrante con un hijo de Lutero.

Los azares del ministerio les llevaron a una pequeña ciudad cerca de la capital. Allí se instalaron en una casita con jardín, vidrieras de colores y rejas floridas, junto a dos hijos adoptivos, Esther y Jonás. El jardín se convirtió en un huerto. Y cuando las raíces habían madurado lo suficiente tuvieron que repartirse por tierras más amables, guerra mediante. Marsella. París. Buenos Aires. Montevideo.

Al fin y al cabo había sido un mandato del Señor. Poblad el orbe.

He acabado recalando en la misma pequeña ciudad por puro azar.

Tampoco puedo plantar esta vez.